Puede que me entre vértigo solo de pensarlo, mas espero que no sea un simple delirio. Desde aquí, hace tiempo que huelo la dinamita en el ambiente, y cada día deseo más que reviente todo por los aires. Desde hace poco que empiezo a tentar a mis chispas a acercarse a ella, y ardo de emoción de hacer arder el mundo. Quemaremos mansiones, palacios, parlamentos y ayuntamientos, y dentro de ellos, estarán aquellos que han sabido jugar sus cartas lo suficientemente bien como para poder vivir a costa de los demás sin que el fuego avivase.
Pero ahora ya no se trata de jugar con las cartas; ahora tienen que jugar (o más bien, lidiar) con las consecuencias. No se puede desequilibrar el universo a largo plazo, porque el universo lo formamos todos. A nosotros, como desequilibrados de nacimiento que somos, después de tanto dolor, lo único que nos está quedando es dejarnos llevar por el último suspiro de vida nacido de nuestra propia muerte, y para nuestra sorpresa, estamos empezando a revivir; la destrucción crea vida.
¿Qué esperan entonces de nosotros? ¿Creen que pueden acabar con nosotros sin acabar con ellos mismos? Solo nos dejan con la opción de negarnos, insultando al que nos insulta, golpeando al que nos golpea, robando al que nos roba, desamparando al que nos desampara y fusilando al que nos fusila. Ignorantes. Les pillaremos desprevenidos cuando empecemos todos de una a decir basta, y nos unamos contra la insaciedad de ellos, los que solo han sabido vivir a costa de los demás.
Destruyamos cada partícula de sus vidas, tal y como han hecho ellos con nosotros, y devolveremos al universo el equilibrio necesario para que todo pueda seguir adelante.
[...]
Cada vez encuentro más respuestas. Cada vez está todo más claro. Vuelvo a mirar la hora, cada vez más impaciente; si el reloj no se decide a acabar con esto, seré yo el que lo haga.
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